Hoteles.
Off the record
Algunas tardes voy a un hotel a leer o a escribir. Siempre voy al mismo. Los hoteles son lugares fascinantes en los que te cruzas con gente de todo tipo, pero a la vez te sientes como en casa. No como en la casa que tienes, sino como en la casa que sueñas.
El hall del hotel al que suelo ir tiene un ventanal enorme desde el que puedo ver el jardín, la piscina y unas montañas nevadas al fondo. También hay un piano de cola y unos sofás comodísimos. La luz es suave y cálida, los camareros son amables y la música es elegante y siempre está al volumen adecuado. Es un sitio perfecto para escribir, como hago ahora con esta carta.
La mayoría de veces que vengo a este hotel hay un señor trabajando en la misma mesa. Es francés, parece un hombre solitario y nunca lo he visto sonreír. Solo teclea cifras en un excel imposible que siempre tiene abierto en su portátil. Me pregunto quién será, por qué viene tanto aquí y a quién le enseñará todos esos números. ¿Estará casado? ¿Tendrá hijos? ¿Sabrán que viene aquí cada tarde? ¿Desde cuándo decidió comenzar a venir a trabajar a un hotel? ¿Irá a otros? Quizá esté alojado. Puede que esté viviendo aquí durante un tiempo.
Las habitaciones de los hoteles son el refugio de los que no están en casa. Vidas de todo tipo que, por unos días, están separadas solo por una pared. Una tele encendida, una bañera llena, una cama deshecha… y mucha soledad. Eso es lo que se respira en los hoteles. La melancolía del que está de paso. Como si por unos días pudieras ser otra persona, como si mientras estás allí no tuvieras otro sitio adonde ir. Como si en esos largos pasillos pudiera ocurrir cualquier cosa si alguien te invitara a entrar. Un hotel es una mentira. La mentira de poder ser quien quieras sin dejar de ser tú.



Hoy te leo desde un hotel y me ha resultado gracioso porque no se acerca a esa idea de casa ideal sino que es el sitio que me permite realizar la actividad a la que he venido en una ciudad que no es la mía.